A la vista de lo sucedido en el último episodio de Game Of Thrones, se puede argumentar que se conforma un díptico perfecto con el capítulo anterior. A Knight of the Seven Kingdoms se concentró en la vigilia, la espera a la gran batalla, la espera a la muerte. Comenzó con confesiones y redenciones (toda la apertura con la reconversión de Jamie Lannister) y se transformó, todo el relato, en una larga última cena. Un capítulo de despedidas frente a la inevitabilidad del final.

Not today. La desesperanza se corta con el grito de fe de Arya Stark. Pero para llegar a eso hubo que transitar y transpirar

De lo general a lo particular. Cómo tantos otros episodios, así comienza el segundo capítulo de la octava temporada. Con un travelling en plano secuencia que se posa en el punto de vista de Sam y se adentra en la preparación de la defensa de Winterfell. La vigilia quedó de lado, es el momento de pasar a la acción.

La composición del cuadro cambia de registro, se corta con el uso de la iluminación y el director Miguel Sapochnik comienza a aprovechar, de manera magistral, el fuera de campo. Como el maestro Spielberg en Tiburón, en The Long Night la muerte se siente, se percibe, pero no se deja ver. Y cuando irrumpe, lo hace en forma de infierno. Ese infierno tan temido.

Cuesta encontrar en televisión un uso tan interesante del lenguaje audiovisual para transmitir esas sensaciones. Quizá haya que hurgar en las obras supremas recientes como Sopranos, The Wire o Breaking Bad. El realizador de ascendencia argentina cruzó la linea de la TV y tabajó contrastes en el campo similares a los usados por Kurosawa en Ran o Kagemusha y retomados por Coppola en Drácula. Unas siluetas oscuras que se recortan sobre el fondo anaranjado intenso y rojo. Una connotación al averno. Averno al que todos los héroes en esta historia deben acceder para saber si pueden sortear a la muerte. Una muerte corporizada en el pétreo Night King,

Hubo muertes. Esperadas en su mayoría. En eso no hubo sorpresas. Y hubo Arya, claro. Grácil y perfecta emerge para poner fin al padecimiento. En un final a tres puntas perfectamente hilvanado. Y si bien era esperable su accionar, su materialización del Not Today, no fue obvio ese twist inteligente y visualmente atractivo.

La muerta fue vencida. Ahora solo queda definir si, desaparecido ese enemigo que unió a los antiguos enemigos, la alianza puede sostenerse y, como todo camino al poder, las negociaciones superan los egos, la historia y los resentimientos.

¿Pero eso no suena muy político? Claro. De eso (también) se trata Game Of Thrones.